Teresa del Valle Murga antropóloga galardonada con el premio eusko ikaskuntza

“Tras la sentencia de ‘La Manada’ salí a la calle y grité con toda la rabia e indignación”

A sus 81 años, Teresa del Valle, Premio Eusko Ikaskuntza de Humanidades, no pierde el contacto con el mundo que le rodea. “Aprendo de la gente, siempre estoy abierta”, sonríe

Jorge Napal Gorka Estrada - Viernes, 11 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

donostia - La pionera de la Antropología feminista en el Estado español es una mujer, sobre todo, curiosa y comprometida, que sale a la calle para manifestar su repulsa tanto por las pensiones como por sentencias como la de La Manada. Se confiesa optimista por naturaleza, “pero con los pies en la tierra”. Teresa del Valle Murga (Donostia, 1 de abril de 1937) ha sido distinguida con el Premio Eusko Ikaskuntza-Laboral Kutxa de Humanidades, Cultura, Artes y Ciencias Sociales 2018 por “su contribución al desarrollo cultural con perspectiva de género en el País Vasco”.

Se interesa como nadie por los cambios sociales. ¿Rejuvenece esa manera de ver la vida?

-No lo sé. Vivo mis años acomodándome al paso del tiempo, lo cual tiene su parte de ventaja aunque haya que iniciarse en ciertas limitaciones. Por ejemplo, ya no conduzco. Ahora soy usuaria de los medios de transporte públicos y también ando, que es algo que me encanta.

Basta escucharle el timbre de voz para descubrir su optimismo...

-Sí, es algo que heredé de mi padre, y creo que te facilita la vida. Si hay distintas formas de verla, desde luego que no voy a la más traumática. En principio me decanto por la visión de la vida más ventajosa, eso sí, sin perder el sentido de la realidad. Creo que es algo que me ha facilitado las cosas, porque tener esa perspectiva te lleva a pensar, a indagar...

¿Es viajera?

-Sí. No soy turista, soy viajera. Los viajes en tren me encantan. Para otras personas son traslados pesados, algo que no entiendo porque te da la posibilidad de pensar, de leer, de escribir. Tampoco me causa agobio tener que esperar en un aeropuerto, por ejemplo. Es una oportunidad para observar a distintos tipos de gente. Sí, el optimismo sí que me ayuda, pero con los pies en el suelo.

¡Parece usted la felicidad personificada!

-No lo sé (sonríe). Solo procuro sacar el lado bueno de la vida, y también de las personas.

¿Qué consejo daría a quienes tienen una visión negativa de la existencia?

-Que indaguen otras formas de mirar y que se nutran del optimismo de otras personas. Yo he aprendido muchísimo de la gente. Es necesaria una visión amplia de la realidad que no sea limitante, abierta a lo que te puedan contar y decir. Solo puedo decir que como antropóloga social he aprendido muchísimo de la vida y de las personas.

¿Y qué le interesa a sus 81 años?

-¡Buff! Si doy ahora mismo un listado de lo que me interesa no acabo (sonríe). Me interesa saber lo que está pasando en el mundo, y más todavía en este momento de convulsión. Me interesa la realidad en la que vivo y sobre todo la gente. El arte también me apasiona, es un nutriente.

¿Ha salido a la calle para quejarse de las pensiones?

-¡Claro! Estuve en una de las manifestaciones que luego se unió a las del 8 de marzo. Sí que he salido aunque tengo la sensación de no haberlo hecho tanto como debía. Lo apoyo totalmente y estoy en contacto con el movimiento de protesta.

¿Qué sensación le deja la sentencia de ‘La Manada’?

-Tremenda. Me quedé casi sin habla y al mismo tiempo con una rabia fortísima interna y la necesidad de salir a la calle. Lo hice con otras personas que sentían lo mismo que yo. Estuvimos frente a los juzgados y grité todo lo que se podía gritar. Me recordó mucho a lo que había pasado con Nagore Laffage. Necesitaba exteriorizar aquello y sentir la indignación del momento. Lo que no tengo claro es si esta sentencia va a servir para cambiar las leyes o si se va a quedar como algo pasajero. Tengo miedo de que dentro de poco nos olvidemos. Yo no lo voy a hacer, desde luego. Socialmente hemos ganado mucho, pero al mismo tiempo sigue apareciendo un sustrato negro de terror y posesión que no sabemos cómo enfrentarlo. Espero que todos estos movimientos que se han creado sigan teniendo fuerza.

¿Las mujeres siguen siendo objetos para servir al placer del hombre?

-En muchos casos sí. Es algo que también vemos en los anuncios de muchos medios de comunicación. Se vende la imagen de que la mujer está siempre disponible a lo que otras personas quieran de ella, y por eso me parece tan importante la educación. Es crucial la forma en la que tratamos a los menores desde que nacen. Hace falta sensibilidad para ir generando ese humus de confraternidad.

¿Si ustedes paran se para el mundo?

-Desde luego que sí. Si las mujeres decidimos que no queremos parir, se para el mundo. Si decimos que se acabó la organización doméstica y dejamos de lado el cuidado de los pequeños y las pequeñas, se para el mundo. No hay más que ver lo que ocurre en otras zonas más desfavorecidas, donde las mujeres van a buscar el agua, que no está precisamente en el grifo.

Ha transcurrido un mes del 8 de marzo histórico. ¿Qué queda?

-Muchas cosas. La responsabilidad que ha asumido la gente joven. Estoy encantada porque es como ver que todo está en marcha. Hay una mayor conciencia, con una creatividad y formas nuevas de hacer las cosas. Es algo que ha venido para quedarse. Además, el campo del feminismo está muy presente en las universidades. Sí que soy optimista y al mismo tiempo realista. Hay que seguir peleando.

¿La revolución tiene que ser feminista para que pueda ser?

-La revolución feminista también la tienen que hacer los hombres, pero asumiendo que tiene un pasado, una historia y un relato.

¿La sociedad vasca es machista?

-Desde luego que no es feminista. Estamos hablando de una sociedad de lo más amplia, aunque sí hay sensibilidad hacia el feminismo, y pautas que favorecen a las mujeres. En el mundo no creo que exista una nación feminista.

¿La división de los trabajos se ha institucionalizado?

-Sí. Las mujeres preparan la comida, pero en cambio lo hacen los hombres cuando se trata de un acontecimiento especial en una sociedad. No es más que un ejemplo, aunque algo va cambiando. Por lo que conozco, los varones que se han criado en otra visión de la sociedad igualitaria están disfrutando de cosas que otra gente nunca hará. Si lo hicieran todos los hombres creo que serían más felices.

Una mujer gana un 13% menos que un hombre en trabajos similares...

-Espero que sea algo que acabe pronto. Es una realidad que por el momento tenemos que admitir pero que hay que cambiarla. ¿Por qué me tienen que pagar la mitad por el mismo trabajo que hace un varón? Además hay empleos que se consideran de mujeres y que están devaluados. Hay que acabar con todo ello.