Republicanismo

Praxis Rajoy

Por Santiago Cervera - Domingo, 15 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Contaré la primera vez que vi a Mariano Rajoy. Era el año 2001, y acudí a un acto de la Fundación de Ayuda a la Drogadicción en el Palacio de Congresos de Madrid. Al terminar los discursos nos metieron a las autoridades en una sala para que pudiéramos saludar a la reina Sofía, que presidía todo aquello. En la espera me encontré con Javier Ansuátegui, a la sazón Delegado del Gobierno en la capital, y me puse a charlar con él. En aquella época operaba una banda de delincuentes que estaba atracando chalets con extrema violencia, secuestrando a sus inquilinos, y el asunto salía a noticia diaria. Rajoy era el Ministro de Interior y Ansuategui su subordinado. Mientras yo charlaba con el segundo se acercó el primero. Saludó al Delegado y le dijo delante de mí: “Oye, Javier, esos colombianos que andan por ahí… ¿los detendremos, verdad?”. Como si no fuera con él, como si realmente lo estuviera preguntando, como si no dispusiera de mando y responsabilidad ejecutiva sobre el poncio. Ansuátegui se cuadró y quiso contarle detalles de las pesquisas, pero el propio Mariano le silenció con una palmadita. (La banda, por cierto, fue detenida al final de aquel año, en el curso de la llamada Operación Ludeco).

Las personas no cambian, al menos no lo hacen si piensan que les va bien. Rajoy acumula más tiempo que nadie en el Gobierno y presidiendo su partido, ergo no le va mal. Lo de Cristina Cifuentes ha devenido en un pulso entre el PP y Ciudadanos, y como dicen ahora los progres del lenguaje, su solución es binaria. Posibilidad A: sigue Cifuentes. Posibilidad B: Ciudadanos hace valer su peso en la Asamblea para condicionar su destitución, en favor de un compañero o de un oponente. No cabe nada intermedio. Rajoy apela a que Cifuentes ya ha dado explicaciones, a pesar de que Girauta le advirtió hace días “no nos pongan a prueba”. La presidenta no es tonta y lleva una semana notando ese olor a ozono que antecede la tromba de agua. Sabe cómo las gastan en su propia casa. En el PP, cuando ocupas un cargo es como si fueras un ciclista dentro de un equipo en una contrarreloj. Si contribuyes con tu pedaleo, los demás te arropan. Pero si te despistas y pierdes el sitio, o si te descuelgas momentáneamente, nadie te va a intentar recuperar. Súbitamente se olvidarán de ti para siempre. Cifuentes se pregunta si todavía pertenece al grupeto, y por eso desde su entorno han iniciado las jaculatorias: “se irá si Mariano se lo pide”. Es lógico que así lo plantee, porque indudablemente fue Mariano quien tomó la decisión de ponerla donde está. Pero Mariano no se lo va a pedir, igual que el Ministro de Interior que fue no pidió al Delegado aquel que detuviera delincuentes.

Sería muy interesante poder disponer de una escala de responsabilidades que marcara, a modo de carné de puntos, si un político tiene licencia para operar. Tengo que reconocer que lo de Cifuentes me resulta difícil de cualificar. Si hay un problema de vanidad curricular, otros muchos debieran pagar por actuaciones similares. Si se trata de atribuirle un engaño reiterado, me parece venial en comparación con tantos otros del tipo “el rescate de las cajas no costará un céntimo al contribuyente” o “las pensiones están aseguradas”. Y si lo que hay que purgar es la corrupta promiscuidad entre una universidad y unos políticos, no entiendo que se cacaree que hay que defender el prestigio de la universidad pública. Pero mientras no podamos aplicar alguna suerte de análisis objetivo y convenientemente ponderado, habrá que seguir aguantando la aberración de que el juicio ético del comportamiento de los representantes públicos se entrevera con el interés táctico de sus organizaciones. La amoralidad política cristaliza justamente en esto. Las cosas no importan en lo que en sí suponen, sino en cómo son percibidas y por el daño subjetivo que causan. Todo esto lo sabe Cifuentes, que estos días mira por la ventana para calibrar hasta dónde llega la riada. También sabe que nunca le llamará el jefe para decirle que debe marcharse. En la Convención del pasado fin de semana pusieron una cinta de andar con el lema “Sigue el ritmo de Rajoy”, y muchos compromisarios quisieron repetir el trotecillo, ni caminar ni correr, que le caracteriza. Una manera como otra cualquiera de venerar hasta lo más tragicómico.