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Escapismo

Patada a seguir del presidente Rajoy ante la creciente reivindicación de los pensionistas y del independentismo catalán con su crisis institucional

Juan Mari Gastaca - Sábado, 10 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

Nada más pernicioso que engañarse a sabiendas. Mariano Rajoy lo va a hacer el próximo miércoles con la celebración de un pleno simplemente propositivo porque entiende que así rebajará la creciente presión de los reivindicativos pensionistas. JxCat y ERC, a su vez, recuperan las esencias de la república independiente de Catalunya para ver si acaban con la tela de araña que les atrapa en sus ambiciones. Escapismo puro. Cuando acabe la sesión del Congreso y los pensionistas sigan sin salida efectiva a sus exigencias, el Gobierno volverá a sentir el desgaste que supone la indignación de la calle.

Cuando el juez Llarena y el artículo 155 volteen la histriónica por irreal propuesta del independentismo catalán, el desencanto elevará la tensión en un territorio que se ha acostumbrado peligrosamente a vivir bajo un diálogo de sordos entre las dos orillas. Y, al fondo, una muesca más de esa creciente inestabilidad que solo genera más desconfianza en favor de los ocurrentes discursos de corto alcance.

El desasosiego se apodera de un Rajoy turbado por un escenario cada vez más hostil. Acuciado por la adversidad, solo le quedaba la explosión de la desigualdad femenina para que quedaran al desnudo sus dificultades para adecuar un discurso social creíble. Ha valido que una senadora desgarre la indigente condición laboral de sus familiares limpiadoras de hotel para que entienda que era un craso error replicar políticamente con una huelga a la japonesa al grito unánime de que ya es hora en el siglo XXI de acabar con la desigualdad entre géneros.

Rajoy se colocó el lazo rosa, pero quizá este gesto llegaba tarde tras haberse cuestionado desde el PP que hubiera motivos suficientes para un aldabonazo del tamaño de una huelga. Esta desconexión explica por sí misma que este partido volviera a quedar derrotado en las multitudinarias manifestaciones del 8-M, aunque bien es verdad que tenía muy poco que perder en un entorno políticamente refractario como mínimo. Con todo, es una losa más que ensombrece sus dudosas posibilidades de rehabilitación. Ahora bien, tampoco es baladí que cualificados rostros femeninos de la derecha exigieran con criterio que hay más de una forma de poner en valor a la mujer.

Precisamente bajo los impactos sociales y mediáticos de la histórica jornada de anteayer encarará el presidente del Gobierno el calvario de las pensiones. Ahí sí que le aguarda expectante buena parte de su granero electoral, cada día más rebelde de su causa. Sin apenas capacidad en la caja para un simple pellizco de mejora, a Rajoy solo le queda el tópico recurso de criticar a los demás por vender humo, que también. La oposición de izquierdas ha visto en las pensiones ese cacho donde morder y con voracidad mientras hasta ahora las reuniones sobre el Pacto de Toledo seguían durmiendo el sueño de los justos.

Mientras, en Catalunya los independentistas se siguen disparando un tiro en el pie con propuestas inspiradas en Bélgica y que jamás prosperarán en su Parlament porque se antojan concebidas para estrellarse contra el imperio de una ley, bien es verdad que demasiado exprimida. Así hasta el hartazgo o el desencanto final. Tres meses después de las últimas elecciones, toda la estrategia del soberanismo ve supeditada otra vez la viabilidad de sus planteamientos a las asambleas de la CUP. Todo un ejercicio de sometimiento suficiente para enojar hasta el ridículo la esencia del nacionalismo democrático que durante tantos años extendió la influencia de su manto protector.

Solo las ansías de prolongar hasta el infinito el pulso contra el Estado o el ataque de un narcisismo irredente de Puigdemont pueden explicar la coexistencia de dos gobiernos dentro y fuera de las fronteras catalanas. Quizá con tamaño despropósito no exista mejor excusa para que Europa se desentienda definitivamente de la aspiración secesionista y el juez Llarena mantenga para mucho tiempo unos encarcelamientos que el sentido común no comparte.