A por ellos

Noches de bohemia e ilusión

Por Mikel Recalde - Sábado, 10 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

13 Rue del Percebe o, en su versión más moderna y televisiva, La que se avecina. El fútbol español funciona así. Sin entrar en detalles de escándalos mayores que claman al cielo, por una simple cuestión de pereza y agotamiento, como la denuncia a Piqué por mandar callar al campo del Espanyol, cuando el madridismo adquirió como uno de sus grandes iconos una celebración de Raúl haciendo lo mismo al Camp Nou. Mi ejemplo es más liviano y modesto. Acaba la eliminatoria de cuartos de final de la Copa entre el Sevilla y el Atlético, y al ser entrevistado a pie de campo, Koke desvela que les da mucha pena caer eliminados porque esta temporada “la final se jugará en el Wanda”. Así, casi sin quererlo, pronunció la palabra mágica y desveló una, aún sin confirmar, noticia que hasta ese día no era más que una probabilidad. Solo dos semanas después, los hispalenses, sextos en la tabla histórica de la Liga (la Real es octava), se han clasificado para su decimoséptima final en este siglo que, por cierto, iniciaron arruinados y en Segunda División. A su presidente no se le ocurrió otra cosa que declarar: “Me gustaría jugar la final en Sevilla y en nuestro estadio. ¿O es que el Barcelona no la jugó en el suyo ante el Athletic?”. Bien, no sé si ya se han dado cuenta, pero un año más, sin comerlo ni beberlo y pese a que parecía ya adjudicada, nos hemos adentrado en la insoportable discusión sobre la sede de la final de la Copa. Da tanta pereza que empiezo a creer que es el principal motivo por el que la Real tira la toalla a mitad de camino. En realidad lo hace por nosotros, que no nos enteramos.

Personalmente me sabe fatal la actitud del otrora caballero del honorReal Madrid. En mi opinión el estadio de la Liga por antonomasia es el Santiago Bernabéu y la mayoría de las finales deberían jugarse allí. Como sucede con Saint Denis en París o Wembley en Londres. Lo digo sin ser sospechoso de que me puedan tirar esos colores, pese a mis vínculos familiares (mi madre y mi único hermano del Madrid, y mi abuela, de 101 años, antigua destacada y apasionadamiembro de los Ultra Sur). Ir al templo blanco a ver un partido de la Real siempre ha supuesto un acontecimiento de máxima expectación y excitación para mí. Y lo digo siendo plenamente consciente de mi lamentable currículo de fracasos y decepciones que he ido acumulando en mis aproximadamente 20 visitas para ver a los nuestros a lo largo de mi vida y de mi trayectoria como periodista. Nunca le he visto ganar en la grada, por supuesto, pero me acuerdo al detalle de todas ellas. Empezando porque hasta he llorado una derrota en una final con un dolor desgarrador ante un Barcelona menor, cuando nadie discutía que se debía jugar en ese escenario y la zona de la afición blaugrana estaba ocupada solamente en un, impensable hoy, 30%.

Siento parecer agorero, pero en este caso habla la voz de la experiencia. Escuchar que se trata de un buen momento para visitar el Bernabéu me provoca una sonrisa tan cínica como irónica. Yo ya no me creo nada. Mi querido tío José Mari, que en paz descanse, siempre me contaba varios capítulos de las visitas de la Real a las que asistió en Concha Espina. La primera, que pocas veces se ha escuchado una ovación más grande a un gol visitante que cuando el marcador anunció en 1983 que Diego había empatado en Hamburgo en las semifinales de la Copa de Europa. También destacaba que, pese a que la situación política se había crispado mucho más, en el memorable 0-4 de la Copa en 1988, Bakero y compañía salieron aplaudidos. Pero para que nos hagamos una idea de la situación actual, la de este partido, siempre me relataba que una de las noches que mejor le vio jugar a la Real en el Bernabéu fue en el 4-0 también en el torneo del KO en 1993, en un duelo en el que Oceano falló un penalti y en una eliminatoria que estuvo a punto de dar la vuelta en un Atocha cerca de arder en llamas con el insuficiente y definitivo 4-1. Casualmente falté a la cita del inicio del idilio inesperado de Xabi Prieto y el campo merengue, que se zanjó con su doblete y con el 1-4 en 2004, en la que es la última gran alegría. Si hasta cuando estaba a punto de celebrar uno de los empates con los que he disfrutado, llegó el famoso aviso de bomba que dio paso a uno de nuestros mayores fracasos en el partido de los seis minutos.

Reseñas históricas o viejas vivencias de abuelo cebolleta al margen, hay una circunstancia que la Real tiene que explotar al máximo y es la exigencia y la indignación actuales de la afición madridista. Se habla mucho de Mestalla y La Romareda, pero yo he vivido una bronca sobrecogedora del Bernabéu a su equipo cuando solo se llevaban 20 minutos disputados y ya contaba las fechas para celebrar su primera Liga con Jorge Valdano en el banquillo. No se libra nadie. Que se lo pregunten a mi amigo y admirado Iván Campo, al que nunca le perdonaron dos frivolidades en su estreno que le enseñé yo en el patio de Aldapeta.

No hay un estadio que imponga más que el muro del Bernabéu. Palabra de Xabi Prieto. Un escenario tan imponente que llegó a provocar lágrimas de rabia en el descanso de la visita con 4-0 con Jagoba Arrasate en 2013. Si en el mundo del toro no se confirma la alternativa hasta pasar por Las Ventas, en el fútbol no lo haces hasta jugar en el campo de La Castellana. Son muchas las generaciones realistas que, por una cosa o por otra, se han retirado sin saber lo que es vencer en este estadio. Lograrlo, sea el momento que sea en los dos equipos, Madrid o Real, te eleva a una categoría de inmortal, como lo confirman las llamadas anuales de los periodistas a los que salieron victoriosos, tal y como le sucede a Koeman cuando se acerca el aniversario de la primera Champions azulgrana. Lo más triste es que en Madrid nos respetan y siempre esperan a la versión vintage de la Real que parece desteñir cada vez más con el paso de los años. Al menos algo hemos avanzado, ahora vamos con la idea de que se puede ganar. Pero son demasiadas temporadas asistiendo a hazañas en coliseos gigantes de otros conjuntos que consideramos inferiores, mientras nos preguntamos ¿por qué no nuestra Real? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué? ¡A por ellos!